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Duelo y Muerte

16 ene 2023
3 min de lectura

Cuando era un niño un adulto me hizo una pregunta fascinante:

- ¿A qué edad crees que las personas empiezan a envejecer?

Me quedé en silencio un buen rato pensando más o menos a qué edad nos volvíamos viejos. Pensé por unos segundos si la adultez terminaba a los 30, a los 40 o quizás a los 50. No encontré una respuesta satisfactoria; decidí arriesgarme y contestar:

- “A los treinta”- grité.

- ¡No! - exclamó el adulto inmediatamente.

- ¡Cuarenta! - repliqué.

- ¡No!

- ¿Treinta? - Pregunté un poco desinflado.

- “Empezamos a envejecer desde el día en que nacemos” - me dijo.


Esa frase me quedó dando vueltas en la cabeza por mucho tiempo y fue la ventana abierta que me permitió entender la muerte como un proceso constante y continuo. Envejecemos desde el día en que nacemos. Morimos cada día un poco. En conclusión, estamos en constante cambio y adaptación.

Duelo y Muerte. Lola the Cat. Enero 2009 - Diciembre 2022

Durante mucho tiempo la idea de morir o que mis seres queridos murieran, me aterraba.

El pensamiento racional de que todo tiene un comienzo y un fin no me permitían ubicarme como parte activa de un continuum de vida en constante transformación. Me tomó años ver la muerte no como el fin, sino como parte de un proceso. He tenido que detenerme en repetidas ocasiones y en el ejercicio de mirarme; comparar “cómo estoy siendo” en cada momento presente y compararlo con la imagen que tengo de mí mismo, es decir la autoimagen.


Hacer esta comparación constante nos permite saber, qué hemos incorporado a través de nuestras experiencias, y que hemos soltado, por obsoleto o tóxico. Dejar de ser y abrirse al constante cambio, es permitir que algo en nosotros muera. Para que esto suceda con naturalidad, hay que reconocer el nacimiento de algo nuevo en mí.


Morimos y nos actualizamos simultáneamente


Morimos y nos actualizamos simultáneamente cuando dejamos una relación, cuando emprendemos un nuevo proyecto, cuando alguien cercano muere, morimos y nos actualizamos cuando tenemos hijos y mascotas, cuando tomamos decisiones para, y por nosotros; y no para los demás, cuando una experiencia importante cambia nuestras vidas, cuando entramos en crisis, cuando salimos de estas, cuando cambio un hábito, cuando incorporo una rutina nueva, cuando me hago más fuerte, cuando me descubro vulnerable. Morimos y nos actualizamos cuando logramos cosas que creímos inalcanzables.


La muerte y el nacimiento no son más que el cambio en sí.


Aceptar la muerte requiere de un alto grado de autoobservación y responsabilidad. Su aceptación es proporcional al grado de presencia del individuo y entiéndase presencia como la capacidad de estar en continua atención en cada momento presente. Esta presencia me permitirá reconocer lo nuevo que surge en mí.


Solo al actualizarme y darme cuenta de que he cambiado, podré iniciar un verdadero proceso de aceptación de lo que muere y ya no está. Para poder aceptar y soltar es pertinente entonces, despedirse y agradecer.

No importa si es una persona, situación, lugar, mascota, aspecto personal, pensamiento o conducta. Es necesario decir adiós como queramos y nos sintamos cómodos. La creatividad aquí es importante y podemos echar mano de lo que tengamos a nuestro alcance. Escribir una carta de despedida con respuesta de regreso, un dibujo que represente el adiós y el agradecimiento, un juego de roles donde hay dialogo entre las partes.


Depende de cada persona la forma de hacerlo, sin embargo, es esencial identificar lo que se va, lo que aprendí y lo nuevo que llega.



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